El sustrato manda cómo se mueve el agua. Medimos densidad aparente, porosidad de aireación y curva de retención para saber cuánta humedad útil puede sostener cada contenedor. Con esos datos ajustamos láminas, tiempos de pausa y caudales, logrando que el agua se distribuya sin inundar, mantenga oxígeno radicular y reduzca lixiviados cargados de sales que dañan suelos, estructuras y cuerpos de agua cercanos.
En grandes azoteas, el sol y el viento no se reparten por igual. Usamos cámaras térmicas, anemometría simple y registros de insolación para cartografiar zonas calientes, sombras persistentes y corredores de ráfagas. Este mapa decide sectores de riego independientes, protecciones cortaviento y refuerzos de drenaje donde las lluvias canalizan escorrentías. Con un plano honesto, reducimos disparidades y logramos respuestas vegetales más uniformes y predecibles.
Construimos sistemas por capas: cama de agregados ligeros, separación con geotextil punzonado y sustrato estable en la parte superior. Esta arquitectura mantiene poros macroscópicos activos, filtra finos y reparte cargas. En contenedores profundos, añadimos chimeneas de ventilación o tubos de alivio que rompen zonas saturadas. El resultado es un equilibrio robusto entre retención útil y evacuación rápida, incluso bajo lluvias intensas o riegos accidentales prolongados.
No basta con salir; hay que salir bien. Encauzamos efluentes hacia rejillas dimensionadas, bajantes disponibles o jardines de lluvia que amortiguan picos. Incorporamos válvulas de retención y sifones antiolor cuando compartimos pluviales. En edificios, aislamos vibraciones y goteos sobre zonas de uso, cuidando experiencia de usuarios. Documentamos rutas para mantenimiento, rotulamos registros y dejamos accesos reales, no solo dibujados, porque un drenaje inaccesible es un problema seguro.
La falta de oxígeno mata silenciosamente. Evitamos bolsas anóxicas con granulometrías bien escalonadas, aireación pasiva y riegos fraccionados. Monitorizamos conductividad eléctrica de drenajes para detectar sales en exceso y ajustar fertilización. Cuando aparecen olores a azufre, intervenimos con mejoras de porosidad y pausas de riego. Así limitamos lixiviados que manchan fachadas, afectan plantas sensibles y complican normativas urbanas sobre calidad de vertidos pluviales.